-No queda sino batirnos -añadió el poeta al cabo de unos instantes.
Había hablado pensativo, para sí mismo, ya con un ojo nadando en vino y el otro ahogado. Aún con la mano en su brazo, inclinado sobre la mesa, Alatriste sonrió con afectuosa tristeza.
-¿Batirnos contra quién, don Francisco?
Tenía el gesto ausente, cual si de antemano no esperase respuesta. El otro alzó un dedo en el aire. Sus anteojos le habían resbalado de la nariz y colgaban al extremo del cordón, dos dedos encima de la jarra.
-Contra la estupidez, la maldad, la superstición, la envidia y la ignorancia -dijo lentamente, y al hacerlo parecía mirar su reflejo en la superficie del vino-. Que es como decir contra España, y contra todo.
Me miro al espejo de luces y sombras bajo el velo de este lunes que se disfraza de domingo. Fruto de lances inútiles de la voluntad frente al opresivo peso de la decepción, aguardo sentado en mi puesto a una carga que no llega, preguntándome en vano por qué no soy capaz de reunir las fuerzas necesarias para ser yo quién de el primer paso del inevitable conflicto.
Supongo que lo único que veo con estos ojos torpes y esta mente ofuscada son brumas en cuyo interior apenas alcanzo a vislumbrar el movimiento de fantasmas tan sólo imaginados y que es precisamente esa última cualidad la que me frena y bloquea, temiendo que un fogoso avance sólo revele, como tantas otras veces, la perturbadora ausencia de todo enemigo, la devastadora certeza de lo irrelevante de todo lo hecho o por hacer en mi vida.
Y aún así quizá esa carga desesperada, ese acto de furia pretendido como último, sea la que me saque de esta yerma sucesión de domingos consumiéndome en el proceso, el último vuelo de un fénix moribundo.
Mi rostro me devuelve la mirada, consciente de que ni la cegadora luz del mediodía puede arrancarle las sombras que viste.
Finalizo el día inundado del dulce cansancio que otorga la plenitud de un día bien aprovechado, buscando tan sólo el por una vez merecido descanso del sueño. Como si el Camino irrumpiese de nuevo (y por fin) en mi vida, me siento revivir esa primera jornada, esos primeros pasos de un algo que espero que se prolongue en el tiempo hasta eludir lo transitorio de mis estados anímicos.
Miro a los ojos a ese monstruo de negras fauces que es el futuro, a esta ciudad contaminada y maldita a la que he venido a parar y a todo aquello que amenaza mi salud y mi cordura, y sonrío en respuesta. Me siento fuerte y sereno, consciente de la luz de mi espíritu y la fuerza de mis manos, y en mi mente se trazan los bocetos de nuevas ideas, nuevos planes para dotar si no de sentido al menos de contenido a esta vida en la que, durante unos instantes deliciosos y reveladores en el trayecto de vuelta a casa, dejo de sentirme como un extraño.
Los próximos días han de traer más tareas y ciertas penurias, nuevas pruebas que habrán de demostrar si soy capaz de sobreponerme a ellas o sucumbo, como siempre he hecho, presa de mis propios terrores.
Pero al menos me queda la felicidad de este día, en el que mi voluntad se alza victoriosa.
"Entonces, cuando la Tierra desaparezca, ¿qué vas a hacer?" "¿Hacer?"
"Si, ¿qué pasará luego?"
"Seremos libres."
"Libres. ¿Por eso observas? ¿De verdad? Libertad...¿para no observar más? Ya veo lo que buscas..."
"X-51, mira la Tierra...no a mi. Tu responsabilidad es contarme lo que ves en ella...no en mi."
"Muy bien...veo un mundo y sus vidas al borde de la destrucción. Veo un mundo que osa tener esperanza ante la nada. Veo un mundo que reza y anhela que alguien lo cuide...y que se sentiría hundido de descubrir lo que piensas de la humanidad." "X-51...¿son acaso los últimos fuegos de tu pasión humana consumiéndose? ¿Es la lógica tan cruel? Considera lo que estos mismos seres por los que tanto te preocupas harían si les dijeras la verdad...si tomases la realidad que te ha sido revelada y se la mostrases. Les negarías la esperanza que les da tranquilidad. Les arrebatarías el engaño que les permite dormir por las noches, y les robarías la imaginaria luz de sus días. Si tanto valoras la felicidad, X-51, déjales vivir una mentira."
"Pero..."
"¿Pero qué, X-51? ¿Qué solaz les proporcionarías? ¿Puedes hablarles de la realidad de su existencia con la conciencia tranquila? ¿Puedes quitarles lo que tú nunca has tenido?"
"¿Lo que no he tenido...?"
"La oportunidad de ser feliz."
"Pero dijiste que la felicidad no existía."
"¿Y tú se lo dirías, X-51?"
"Yo...no."
"Muy bien."
- Tierra X (Alex Ross, Jim Krueger, John Paul Leon)
La ciudad se aposenta callada, los viejos sillares desgastados por el tiempo enraizados en el suelo fértil, historia tallada que emerge de la memoria misma de la tierra, ajena al imprudente olvido de quienes la pueblan. Bajo el artificio del neón y la luz se respira la calma de la piedra lisa y el aire pulcro de los fríos rincones de la antigua fe susurrando entre las ramas de los castaños. Sobre el telón nocturno, la misteriosa y siempre ambigua sonrisa de Selene, dorada de promesas y plena de magia.
Comienza un nuevo año y me ausento del hogar para reforjar los viejos lazos, las viejas promesas que me unen a esta tierra y a esta ciudad...camino por entre las silenciosas calles al abrigo de la húmeda neblina de medianoche, que me rodea como una acogedora capa, hollando el suelo enlosado en dirección al mismo núcleo de la ciudad. Atravieso arcos y dejo atrás capillas y palacetes, plazas y callejas casi desiertas. Mis pasos me llevan a la catedral, con su dedo de roca esculpida señalando al dios que en realidad se aloja en el refugio de sus amplias naves. Tan queda como el resto de la urbe, se alza desapercibida entre sombras, olvidado testigo de épocas que ya nadie recuerda, guardiana de secretos que jamás serán revelados.
Me detengo ante la figura que me aguarda en su patio, la del escudo y la corona, la del gesto fervoroso y la mirada decidida. La figura del Rey Peregrino, aquel cuyos pasos hacia el oeste seguí en dos ocasiones convirtiendo su ejemplo en mi guía. Ante él y todos sus pares de rostros barbados y ojos adustos, que reparan en mi presencia tras el negro verjado, alzo mis plegarias para este nuevo año. A los caudillos de mis ancestros, a los héroes y tiranos olvidados, dirijo mis ruegos para este nuevo capítulo de mi periplo. A ellos les pido la fuerza necesaria para hacer lo que ha de hacerse.
Hoc signo tuetur pius, hoc signo vincitur inimicus. Al amparo de su bendición me sumerjo en el verde, allí donde ya nadie me acompaña, hasta alcanzar el portal. El viejo pórtico franciscano aguanta en pie el fragor de las eras aún cuando el resto de su convento acabó esfumándose en el viento, irreductible ruina en mitad de sus campos que nadie logró someter aún. Ante él pido la serenidad de sus primeros huéspedes y su claridad de criterio para ayudarme a discernir el camino en estos tiempos oscuros, más allá de la niebla de la incertidumbre y de los traidores velos de mi propia mente. El camino para la paz con el furibundo lobo que amenaza con devorarme desde dentro.
Y con este 2012 aún en su hora prima, cruzo el viejo arco de San Francisco hacia el nuevo año...
Tras los desesperantes primeros pasos en la tarea digna de Sísifo que últimamente consume mi tiempo, parece que el resultado inicia el lento proceso de convergencia hacia una meta conseguida. Y ya era hora, después de tantos intentos que sólo conducían a pifostios absurdos de los que la única manera de salir era borrarlo todo y comenzar de nuevo.
Eso si, que dicha meta sea la menor de las que debo conseguir en el ridículo lapso de tiempo del que dispongo para ellas y que alcanzar ese punto haya supuesto el sacrificio de mis navidades lo convierten en una victoria pírrica (y, mientras escribo, aún inconclusa...todavía puede ocurrir lo peor).
Mientras tanto, diversas subtramas argumentales avanzan sin que les preste demasiada atención, sorprendiéndome con sus respectivos climax en los momentos menos adecuados. Algunas para ofrecerme briznas de esperanza, otras para añadir más cargas sobre mis hombros.
Aumento dos grados el ángulo de ataque y realizo una nueva iteración. A ver qué pasa.
Lo peor de la ausencia de finalidad de la que adolece mi vida (o mejor dicho, de que dicha carencia, que bien podría ser generalista en la experiencia humana, suponga un foco de obsesión para mi particular carácter) no es tanto el proceso de hundimiento anímico que ocasiona como la cualidad cíclica del mismo.
No voy a detenerme a detallar ese proceso, pues ya me he explayado en sus efectos y formas en demasiadas ocasiones, y aunque siga siendo tremendamente complejo hacer comprender el bloqueo y colapso de una mente a quién no ha pasado por ello, en esta ocasión mis divagaciones personales me llevan por los derroteros de lo temporal.
Hablaba de una cualidad cíclica, y es que frente a esa repentina situación de desequilibrio anímico, uno recurre a todo tipo de estrategias, ideas fuertes, apoyos espirituales e intelectuales varios y (por qué llamarlos de otra manera) autoengaños para reconstituirse, sobreponerse y seguir adelante. Refuerza y reconstruye el armazón de la propia estructura psicoemocional después del paso de esa bola de demolición que es la decepción. Y a partir de ahí, a continuar hacia delante.
Eso sería lo ideal y, afortunadamente, es lo frecuente para la mayoría. Un bache aislado (o una cantidad discreta de ellos), más o menos profundo, del que salir fortalecido. En mi caso no es así, cada cierto tiempo acabo volviendo de manera irremediable a mis abismos personales reclamado por esa misma idea que siempre lo jode todo y que mencionaba al principio: la ausencia de propósito.
Me hace gracia cuando alguien me comenta que eso no es tan grave, que no se necesita un propósito para vivir. Las hostias. ¿Cuántas veces habéis ido caminando de rodillas a vuestro trabajo u os habéis aprendido una enciclopedia de memoria? ¿Cuántas veces habéis decidido regalar absolutamente todo lo que contenía vuestro cuarto hasta dejarlo vacío (muebles y cama incluidos), o cortaros tres de cada cinco dedos de las manos? No son sólo cosas sin sentido, son cosas sin sentido y que requieren de un esfuerzo tal que convierte su ejecución en algo sólo apto para las mentes más perturbadas. Y aunque el esfuerzo de vivir en mi caso no sea precisamente titánico (y de hecho, bien cómoda es mi posición como para andar quejándome, ¿no?) es esa carencia de finalidad la que lo convierte en algo incómodo, siguiendo el mismo patrón que hace que sean pocas las personas dispuestas a tirar cinco euros a una alcantarilla o raparse al cero sin ninguna razón para hacerlo.
Carezco pues de la piedra angular de cualquiera de las estructuras psicoemocionales que haya construido o pueda construir en mi interior. En realidad sólo es una piedra, sin la que algunos de dichos armazones internos han aguantado bastante bien temporales más o menos fuertes, pero también sin la cual todos se han ido al garete tarde o temprano tocándome reconstruir de nuevo desde cero, repitiendo una y otra vez el mismo ciclo. Cualquiera que haya tocado un poco de ingeniería debería estremecerse al reconocer en este símil un claro proceso de fatiga, con todo lo que ello conlleva. Para los legos, decir que los daños que provoca en una estructura la aplicación reiterada y continua de un conjunto de cargas son exponencialmente mayores en el tiempo de lo que sería la aplicación simple de las mismas. Similar a lo que ocurre con los surcos originados por los torrentes estacionales o la erosión provocada por la marea, cuyos efectos son tan distintos a tirar un vaso de agua encima de la mesa o vaciar un poco la bañera.
Resumiendo, que al tratarse siempre de la misma causa el efecto que provoca sobre mi ánimo se ha convertido en acumulativo y cada vez es más complicado salir de los pozos en los que yo mismo me meto. Y como aún no ha aparecido ninguna razón que le de sentido a nada (y tampoco entraré en lo que es una buena o mala razón, porque al fin y al cabo haberlas haylas, pero como en el refrán lo que acaba importando es que a uno le valgan, no al resto), tan sólo puedo continuar con la política de esperar a esos momentos en los que mi fuerza de voluntad se reactiva mínimamente para hacer balance de daños e intentar armarme de nuevo de la manera menos mala posible. O despedirme de manera dramática de este mundo, pero por suerte parece que el autoengaño que me impide hacer eso sigue incansablemente aferrado a mi personalidad (nunca quedó muy claro si por un secreto miedo a la muerte o por una insana curiosidad existencial, pero lo realmente importante es que funciona). Básicamente, aprovechar al máximo los momentos (como este) en los que tengo fuerzas suficientes como para pegarle un empujón al trabajo pendiente, recuperar proyectos personales o aficiones varias o reunirme con la gente cercana sin resultar dañino para ellos, esperando que en alguna de estas encuentre esa perseguida quimera o, al menos, que no muchos de esos pequeños alicientes se vayan al garete otra vez en el próximo vendaval.
Me despierto de un sueño de llamas y rojas marcas sobre esta tierra que un día veré morir para encontrarme ajeno, intruso en una vida que no siento mía. Como huesped en un traje recién estrenado, estiro las costuras y lo amoldo a mi cuerpo, buscando ese punto intermedio que permita una armónica coexistencia.
Ajeno a las sutilezas, expuesto a los errores que engendran maldad e inocencia, vagabundeo entre fantasmas bajo el plateado sol de invierno dispuesto a cometer con infantil entrega los más hermosos y terribles actos, sorbiendo ansioso los detalles de este viejo nuevo yo que toma el testigo de una vida en busca de propósito.
Y con la sombra del solsticio alzándose sobre el horizonte, la intimidad de este mundo vacío me ofrece los recuerdos de mi verde tierra, de la calidez acogedora que se oculta en el frío invernal y de la serenidad de los pasos del peregrino...y tras ellos la amarga sonrisa que exhalan vaporosa mis labios, pues ya ninguno de los tres me pertenece ni tiene sentido aquí y ahora.
Sigo caminando hasta que el sueño me vence con la promesa velada de nuevos apocalipsis donde, por fin, brille mi existencia frente a su destino manifiesto.
Está pasando mucho más de lo que puedo asimilar y al mismo tiempo mucho menos de lo que soy capaz de relatar. Quizá sea esta aparente paradoja la que lleva al extremo las grietas de mi ánimo, una suerte de estrés por inacción que desemboca en el letargo depresivo de la mente bloqueada...y alimenta su causa en un nuevo ouroboros erosivo, uno más en la lista de agresores.
Bloqueada, y fatigada...lo cual hace imposible discernir si esa paranoica sensación de abandono que últimamente me crispa está de verdad fundada en un reposicionamiento real de los que me rodean o tan sólo es imaginación mía, un engaño autohiriente fruto de la verdadera (y amarga, y desconocida) causa de estos días extraños. También es posible que haya sido yo mismo quién, con el tiempo, ha abierto los fosos y quemado los puentes que ahora me sitúan lejos de quiénes en otro tiempo me fueran cercanos, y no ha sido hasta ahora, cuando los pilares que me sostienen vuelven a tambalearse (y cada vez quedan menos), que me he dado cuenta de ello.
No puedo dejar de acordarme del relato "El corazón de la torre" que escribí hace tanto tiempo. Sigue costándome lo mismo que entonces conseguir ese grado de confidencia necesario para forjar una verdadera amistad más allá del compañerismo circunstancial, salvar ese espacio entre mi mismo y los demás que parezco generar sin proponérmelo, y sigue resultándome indeciblemente complicado cuidar esas amistades cuando se resienten o saber cómo recorrer el camino de la reconciliación una vez se ha abierto esa brecha.
A veces, es cierto, no merece la pena. Pero siempre resulta triste, especialmente si permanece la sospecha de que ha sido uno mismo el responsable de ese desenlace, por acción u omisión.
En cualquier caso, bien por depositar mi confianza donde no debo, bien por negligencia o paranoia(y es que, como dije arriba, sigo sin estar seguro que todo esto no sea más que una nueva ilusión de mi mente), tengo lo que me merezco. Tan sólo me gustaría ser capaz de encajarlo un poco mejor.