viernes, 25 de enero de 2013

Desde el infierno


Una vez estuvo en el suelo, le rompió los dedos. Uno a uno, sin mediar palabra. Simplemente se agachó sobre su balbuceante y sanguinolenta cara, le tomó de la mano como si fuese a pedirle matrimonio y comenzó a girar con secos chasquidos cada uno de sus dedos en la dirección contraria. Sus gritos de dolor no lo detuvieron, y con el rostro inexpresivo continuó quebrándolos como si fueran ramas secas. Cuando acabó, sujetó su muñeca bajo la bota y con el otro pie redujo a astillados fragmentos lo que le quedaba de mano de tres violentos pisotones. Y a continuación hizo lo mismo con la otra. El infeliz lloraba y gimoteaba como si le hubieran arrancado la vida. Probablemente fuera así.

El agresor volvió a agacharse sobre su víctima y le dijo al oído: “Ahora sabes lo que es perder aquello que más te importa. Nunca volverás a tocar un instrumento, nunca volverás a sentir con tus manos. Y esa pérdida te carcomerá por dentro, te pudrirá el ánimo y las esperanzas hasta convertirlas en cenizas y, sin ello, todo lo demás, todo en lo que ahora confías y amas…”-miró con ojos vacíos, muertos, a la mujer que contemplaba horrorizada la escena desde el otro rincón de la sala-“…todo lo demás te abandonará porque ya no le servirás de nada. Bienvenido al infierno.”

Sin decir nada más, volvió a levantarse y se marchó del lugar.

Grey Arkhane

sábado, 12 de enero de 2013

El jardín de Albert



Dicen que Albert se volvió loco durante lo del huracán. Depende de a quién preguntes podría decirte que ya estaba mal de la cabeza antes de que el vendaval se llevase medio pueblo por delante, que siempre tuvo en los ojos ese brillo ausente de quién pasa demasiado tiempo a solas en su mente.

El huracán fue uno de los que aparecen en las noticias con nombre propio, de esos tan grandes que no caben en el periódico local y se necesitan varias televisiones nacionales y alguna extranjera para abarcar su magnitud. Sólo en la pequeña ciudad de Anport, situada cerca de la costa junto a la ría del mismo nombre y con una población de apenas 150.000 habitantes, causó un total de 71 muertos y unos 3000 heridos. Antes de disiparse, barrió tres comarcas enteras y se llevó más vidas que la última guerra que se libró en ellas.

Podría decirse que Anport quedó reducida a escombros, pero lo cierto es que siendo una ciudad de cierta antigüedad, de edificios con sólidos muros de piedra y buenos cimientos, casi todo el centro urbano aguantó de manera sorprendente. La peor parte se la llevaron los barrios nuevos, con chalets arrancados de cuajo, zonas residenciales enteras reducidas a lodazales y auténticos vertederos formados espontáneamente a partir de coches, mobiliario urbano, ramaje despedazado y algunos de los desafortunados anportinos que no lograron encontrar refugio a tiempo. Si bien, como digo, la estructura del corazón de la ciudad resistió al huracán, fue necesaria casi una semana de duro trabajo para evacuar el agua que inundaba sus calles y más de dos meses para desinfectarlas y reparar los desperfectos, algo particularmente complicado en el caso del alcantarillado y demás infraestructuras subterráneas.

Antes de que todo eso ocurriera, el ayuntamiento de Anport(uno de los vetustos edificios que resistió orgulloso al maltrato de los elementos) contaba con un jardín en su parte posterior. Era una parcela pequeña, con apenas un par de árboles que arrojaban sombra a un estanque artificial rodeado de bancos de piedra y a la efigie barbilarga y de gafas redondas de un famoso escritor local. Años atrás, el alcalde había contratado a Albert como jardinero para que adecentase aquel rincón, al que el paso del tiempo y la falta de cuidado y uso habían acabado por dejar en un estado de semiabandono.

Albert era una de esas personas de buenas maneras y pocas palabras, a veces un tanto hosco pero leal y dedicado en su trabajo. Restaurar la belleza de aquel jardín fue un reto complicado, pero cada mañana se podía ver al jardinero llevando de aquí para allá sacos de hojarasca, podando malas hierbas y ramas bajas, combatiendo cepillo en mano con el limo del estanque o sacando brillo a la deslustrada placa bajo el rostro faunesco del escritor. Poco a poco, lentamente, el jardín iba tomando un aspecto cada vez más acogedor bajo los cuidados de Albert, y el verde antes sombrío y sucio brillaba ahora luminoso en los días de sol. El nuevo jardinero se convirtió en alguien conocido y apreciado por los empleados del ayuntamiento, cuyas charlas le proporcionaban ratos de descanso en su infatigable y costosa tarea.

Y entonces llegó el huracán, y el jardincillo de Albert desapareció.

Los árboles fueron arrancados de raíz; el estanque quedó totalmente anegado y empantanado, apenas un socavón en el terreno; los bancos se convirtieron en meros cantos y escombros semienterrados en el barrizal que antes fue césped y el busto del viejo escritor desapareció, probablemente para ir a perseguir sus esperpénticas ideas por los oscuros rincones de las calles de Anport, o quién sabe si más allá.

Después de que los bomberos y el destacamento del ejército contuviesen la inundación, Albert se pasó la siguiente semana sentado en los restos de su jardín, gritando y llorando desconsoladamente a veces, silencioso y con la mirada perdida el resto del tiempo. Los que lo conocían intentaban hacerle reaccionar, le llevaban comida, trataban de que volviese a casa a dormir, pero Albert no contestaba, ni se movía, ni siquiera cuando uno de los vecinos la emprendió a puñetazos con él. Para Sam (así se llamaba), tras haber perdido a su mujer y su hija en el huracán, la actitud de Albert resultaba sencillamente intolerable.

En cierto momento Albert simplemente se esfumó en mitad de la noche y el malogrado solar quedó completamente huérfano durante un par de días.

Al cabo de ese tiempo, a primera hora de la mañana, Albert volvió con su mono, sus instrumentos de jardinería y su habitual media sonrisa, pero sus ojos… sus ojos eran distintos. Se pasó aquel día barriendo los senderos enfangados, regando el lodazal de hierba muerta y el único tocón astillado que aún permanecía enraizado, sentándose a descansar en un trozo de piedra remanente de los extintos bancos y saludando de tanto en cuando con la cabeza al pedestal vacío. Hizo lo mismo al día siguiente, y al siguiente. Dejó de conversar tan a menudo con la gente del ayuntamiento, principalmente porque estos rehuían sus nuevos y desconcertantes hábitos, pero a aquellos que le preguntaban les sonreía y tranquilizaba, diciéndoles: “Este es mi jardín y no otro. Mientras aún pueda hacer algo, debería intentarlo. Todo lo que deseo es volver a convertirlo en el lugar que fue”. Los otros miraban incrédulos al lodazal destruido que lo rodeaba, meneaban la cabeza y callaban. El propio alcalde le ofreció recolocarlo en otro puesto tras unas largas vacaciones, pero Albert rechazó la propuesta con su misma sonrisa imperturbable. “Aquí es donde quiero estar”.

Desde entonces, Albert sigue ocupándose del terreno reseco y muerto que era el jardincillo del ayuntamiento, yendo cada mañana a barrer sus rincones y regar la tierra yerma y el viejo tocón, esperando un milagro de la primavera. Hay quién lo ha visto paseando por la ribera o frecuentando sórdidos locales del casco viejo, buscando sin descanso al escritor desaparecido.

Dicen que Albert se volvió loco durante lo del huracán. Pero si le preguntas a él, te dirá que únicamente hace lo que ha hecho durante toda su vida: cuidar el jardín que le fue encomendado.

Grey Arkhane

jueves, 10 de enero de 2013

Nessun dorma



Nessun dorma! Nessun dorma!
Tu pure, o Principessa,
nella tua fredda stanza.
Guardi le stelle
che tremano d'amore
e di speranza...
Ma il mio mistero è chiuso in me,
Il nome mio nessun saprà, no, no!
Sulla tua bocca lo dirò,
quando la luce splenderà!
Ed il mio bacio scioglierà il silenzio
che ti fa mia...
(Il nome suo nessun saprà... 
E noi dovremo, ahimè, morir, morir!)
Dilegua, o notte! Tramontate, stelle!
Tramontate, stelle!...
All'alba vincerò! Vincerò! Vincerò!
¡Que nadie duerma! ¡Que nadie duerma!
Tampoco tú, oh Princesa,
en tu fría estancia.
Miras las estrellas
que tiemblan de amor
y de esperanza...
Pero mi misterio está encerrado en mí,
¡Mi nombre nadie lo sabrá, no, no!
¡Sobre tu boca lo diré,
cuando la luz del día brille!
Y mi beso romperá el silencio
que te hará mía...
(Su nombre nadie sabrá... 
¡Y nosotras, ay, deberemos, morir, morir!)
¡Disípate, oh noche! ¡Ocultaos, estrellas!
¡Ocultaos, estrellas!...
¡Al alba venceré! ¡Venceré! ¡Venceré! 

Grey Arkhane

domingo, 6 de enero de 2013

Cuando miras al café...



...el café te devuelve la mirada.
 

También disponible en versión "Ingeniero diplomado"


Grey Arkhane

sábado, 5 de enero de 2013

El espectro de su ausencia


Se alarga la mano hacia el cálido recuerdo, estirando los dedos anhelantes en busca de una forma, de un tacto, de un peso. Gime la memoria en la necesidad de la ausencia buscando el consuelo cercano de ese amor nunca entendido y mal demostrado, pero amor al fin y al cabo. Se desvela levemente la consciencia para emerger del sueño, aparentemente confiada en el refugio buscado pero recelosa de los ecos que la realidad arrastra como podridos huesos de barco en la resaca.

Los dedos atraviesan el vacío, la mano no halla morada y el corazón sobresaltado grita y se alarma, que ya no hay cobijo sino explanada, no la suavidad de su dulce cuerpo sino tan sólo el gélido vaho de un fantasma. Muerde la realidad con sus frías agujas, claro abandono, tortuosa estacada, anhelo truncado y sentimientos que ardiendo se vuelven cenizas, y como cenizas las borra el viento, dejando dolor y mancha donde hubo llama.

Grita, grita el corazón consumido de llanto y rabia, lágrimas que hollan la almohada, confianza e ilusión acuchilladas por ese helado espectro que aún conserva su cara, en la que ya no hay refugio, consuelo ni esperanza. Aferra la mano el peso inaudito de una brújula desviada, siente el pecho la cadena y la jaula, las fauces y garras, el insufrible tormento del desdén de quién hace no tanto entre los brazos acunara…

Y para esto mejor no haber sentido, amado o vivido. Que sin esperanza no hay derrota, ni sufre el infierno quien nunca supiera del cielo. Pero ya es tarde para eso y solo quedan, acompañado de mi etéreo y mudo cortejo, días amargos y noches rotas. Y el crudo y horrendo desengaño de que nunca volveré a dormir a su lado.

Grey Arkhane

viernes, 21 de diciembre de 2012

Apocalipsis maya


Sí, creo que eso lo resume bastante bien. Y para los melómanos la versión completa, que podréis poner en repeat durante las lluvias de meteoritos, coros angelicales, tsunamis y hordas de zombis a lo largo del día de hoy:


Feliz Apocalipsis a todos.



Grey Arkhane

sábado, 8 de diciembre de 2012

Monstruos de alas brillantes


El peso de la espada, muerte plateada de delicado filo y guarda, le recuerda los claroscuros de su propia misión. Las dudas surgen en el momento anterior a la batalla, ni la primera ni la última en que ha de poner en juego su vida y su alma.

Sus pies flotan entre la humedad nubosa. Un gesto de su mano calma a su hueste, ordenada en silenciosas filas tras él. Son el brazo armado del Bien Universal, su reverso violento y necesario. Amargo el sabor de tal paradoja, bilis en el paladar de quién ha jurado verter ríos de sangre para evitar que fluyan mares. Su labor a espaldas de las puertas del Cielo, sus ojos apartados por siempre de la Ciudad de Plata, permanentemente fijos en la oscuridad que amenaza con empañar su fulgor.

La armadura blanca se desliza sin ruido al compás de sus gestos, pesada sobre su forma incorpórea, tachonada de espinas y carmesí de la propia sangre entregada en sacrificio a la pureza que él y los suyos salvaguardan. Son los monstruos irredentos de Dios, bañados en sangre, cuyas miradas afrontan las tinieblas. La paradoja azota su conciencia y la hipocresía de su mera tarea siembra la duda de la verdadera nobleza de su causa, esa causa invisible a sus espaldas.

El Metatrón, que hoy se alza entre ellos, clama con su voz argéntea desde la oscura armadura y las palabras que pronuncian sus coros devuelven sus miradas al mal que hoy afrontan. Entonces el arcángel recuerda. Recuerda el peso de las luminosas alas que hunden sus ardientes haces en la carne de su espalda. Contempla la clase de monstruos que agitan sus armas y escupen blasfemias frente a él, sus rostros supurantes y grotescos, sus fauces dañinas y venenosas, siervos del Sol Negro y el Rey Carmesí, y ante tal verdad, que en instantes ha de poner su alma a prueba, recuerda la necesidad de monstruos como él y el orgullo de su sacrificio, de la sangre que blasona sus armas. Recuerda la Luz Verdadera de la Ciudad de Plata.

Al amparo de la voz del Metatrón, Azyrael alza su espada, y las luminosas alas de la Hueste Celestial avanzan implacables contra el mal.

Grey Arkhane

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Ouroboros


La sangre se lleva el calor de mi vida,
y apaga en mis ojos la esquiva sonrisa.

El hierro candente cierra la herida
detiene la hemorragia y la cauteriza.

La llama se acerca a la esquina de tus recuerdos,
empapados en lágrimas de gasolina.

La rueda gira con su rumor incansable
trayendo cambio sin variación,
constante destrucción de lo alcanzado,
ouroboros sempiterno
reptando sobre su vientre escamoso y sangriento.

Pasos que se repiten trazando espirales,
algo termina, algo comienza,
ojos que se abren a lo que no quieren ver,
horror desvelado:
el futuro tiene el mismo rostro que el pasado.

Conozco a cada palmo, maldita la gracia,
lo que ocurrirá en los próximos dos años.
Y tras ellos cada palabra, cada página,
cada capítulo restante de lo que me aguarda en la vida.

Grey Arkhane

jueves, 22 de noviembre de 2012

La voz verdadera

Place Of Memory by 植松伸夫 on Grooveshark  

Hay una voz que conoce el camino. Una voz que no teme al rumor del mundo y que con ojos despiertos a la memoria vive y recuerda. Plenitud, susurra, y la carne cansada y débil se nutre de nuevas fuerzas como si vistiese a un espíritu distinto. Y tal es, pues esa voz es la voz verdadera, aquella que habla con razón y fluye en armonía con la corriente de las emociones. La voz que encierra el poder de un nombre y el consuelo de un sentido, la voz que reside en el origen de mi ser, donde aún brilla con una luz pura.

Pero entre esa voz y yo se alzan cientos de muros, de agrietados senderos que se retuercen y cruzan hasta acabar en oscuros rincones sin salida. Como capas geológicas se agolpan y acumulan en torno a ese núcleo brillante, ocultándolo ante el mundo, opacando su fulgor, tiñéndolo de la sucia y gris ceniza que la erosión arranca de cada dura corteza. Como hilos atrapados en un gigantesco nudo se abren los pasadizos en esa concéntrica muralla: caóticos, entrelazados y erróneos, indescifrables grietas en su seno de roca cuyos salientes y recovecos deforman la voz verdadera en cientos de ecos malvados, perversas imitaciones que emergen a la superficie en constante disputa, enemigas de la razón y perturbadoras de la emoción que llenan los sombríos pasajes del laberinto con su conflicto sangriento e irresoluble.

Ocurre a veces que susurros de verdad escapan de esta prisión de muros y voces y la angustia que todo lo cubre como un manto de niebla baja se disuelve, se evapora, dejando que la voz verdadera resuene con claridad y confianza. Son momentos de paz y certeza, de vida y voluntad. Deliciosos, brillantes y escasos.

Como guardianes celosos los muros se alzan de nuevo, devolviendo la pegajosa niebla de la angustia al confuso panorama de sus resquebrajados paisajes y el molesto fragor de cientos de voces en guerra al interior de una mente demasiado pequeña para contenerlas. Olvidada la certeza de la voz verdadera, todo lo que queda es la habitual monotonía carente de esperanza. 

Grey Arkhane

domingo, 4 de noviembre de 2012

Cuento de Navidad

Humble Stance by Saga on Grooveshark

Me los encuentro al doblar la esquina, absorto en el reflejo de la luz de gas filtrándose entre la niebla que inunda las calles. En un primer momento le echo la culpa precisamente a la niebla del aspecto que muestran a mis ojos, como difuminado y descolorido, pero enseguida los reconozco y les pregunto por tan inesperado encuentro.

El Fantasma de las Navidades Pasadas ya no me habla de tragedias profundas como surcos de ríos desecados, sino de la fe en el futuro que se perdió en algún momento de mi tránsito de ida y vuelta a esta tierra. Se sienta a jugar con sueños de niño, ignorante de que es ya un anciano. Parece darle igual, y se aferra a sus juguetes esperando que estos se conviertan de nuevo en toda la realidad a su alrededor. El pobre infeliz desaparece con una sonrisa radiante y un cómic en las manos.

El Fantasma de las Navidades Presentes me agarra del hombro y con una sonrisa ebria me invita a una birra. “No bebo”, le contesto mecánicamente, él agota su monstruosa jarra y pide otra a un camarero inexistente. “Peor para ti, colega, peor para ti…”. En su mirada alcoholizada alcanzo a ver cierto brillo cruel, ese brillo que sólo se encuentra en la mirada de un perdedor que ha encontrado alguien de quién burlarse, alguien aún más lamentable que él. Sin embargo, se queda callado y serio y le da otro largo trago a su jarra, inexplicablemente llena de nuevo. “Que te den”, sentencia, “masoca de mierda”. Antes de que pueda contestarle, se esfuma en el aire dedicándome un corte de mangas.

El Fantasma de las Navidades Futuras se encoge de hombros y se lava las manos. “Yo ya no tengo sentido, ni trabajo, tío”, parece decirme, “ya no hay navidades futuras”, y lo dice como quién se ha quitado de encima un marrón, la pesada lápida de las expectativas a cumplir, la agobiante perspectiva de conocer el camino que queda por recorrer. Todo él exuda esa actitud relajada y opiácea de quién ha sobrepasado toda la presión que puede soportar y se deja descarrilar por la pendiente al abismo que hay al otro lado. Este se marcha silbando, con las manos en los bolsillos.

“¡Eh! ¡EH! ¿Y el resto? ¿Y los consejos, las advertencias, la moraleja?”, le grito al silencio nocturno, indignado. “Además, llegáis con un mes de adelanto, mamones”, añado. “Hay que joderse”, pienso, “ni siquiera los cuentos navideños me van como deberían”. Me giro y vuelvo a encaminarme a casa. Una hoja de papel arrastrada por el viento viene a estrellarse contra mi pecho. Parece uno de esos típicos panfletos de predicadores y chamanes callejeros.

***21-12-2012, FIN DEL MUNDO SEGÚN LOS MAYAS ¿ESTÁS PREPARADO?***

“Hijos de puta…”

Grey Arkhane