jueves, 7 de marzo de 2013

Parábola


El sacerdote viste de blanco. Una túnica pura, luminosa y simple que cae como un lienzo desde sus brazos alzados, apenas perfilando el cuerpo que oculta. Una prenda brillante para un lugar oscuro. Las manos se elevan mientras sus labios susurran las viejas plegarias.

"Este cuerpo que me sostiene…"

Las paredes de la Sala Hexagonal son negras. Negras como el alabastro, como el ojo de un cuervo, negras como una noche sin estrellas o el deseo de venganza que anida en un corazón destrozado. Seis pesadas losas de piedra enlutada que emiten un brillo tenue, palpitante, bajo la luz enfermiza que emerge de los pebeteros en las esquinas. Sólo aquella que contiene la puerta (permanentemente cerrada) está grabada con símbolos arcanos, los mismos que adornan el altar central.

"Este cuerpo que me recuerda que no estoy solo aquí dentro…"

El sacerdote realiza solo su tarea. No recuerda su vida antes de la Sala. No recuerda nada, ni siquiera los momentos previos al comienzo del ritual. Sabe también que no habrá vida más allá de ella. Él y la Sala Hexagonal son uno. En sus manos alzadas, la daga y la copa, hechas del mismo material que las paredes que lo rodean. Su mirada fija en los ojos de la víctima del sacrificio, que esconden horror y miedo. Toda su existencia, todo el sentido de la misma, se reduce a este instante, a este cometido.

"Este cuerpo que me recuerda mi propia mortalidad…"

Con un movimiento certero, fruto de innumerables ocasiones de las que no guarda memoria alguna, la hoja desciende abriendo la carne. Fluye la sangre, roja, salpicando la piel y la blanca túnica del sacerdote. Un largo grito reverbera en las paredes de la Sala mientras las entrañas de la víctima se desparraman por los bordes del altar. La daga se empapa, la copa se llena. El rostro del sacerdote permanece imperturbable, finalizando la letanía.

"Somos eternos…todo este sufrimiento es una ilusión…"

Acabando estas palabras en apenas un susurro, se deja caer sobre el altar y sus propias vísceras, dibujando con su último aliento una sonrisa de gratitud porque la ofrenda de su sangre ha alimentado la felicidad de los dioses más allá de la Sala Hexagonal.

Grey Arkhane

lunes, 4 de marzo de 2013

Otro día


Otro día despertaré, resuelto a desembarazarme del peso sobre mis hombros. Otro día recuperaré la fe perdida en el desconocido sentido de mi vida, en que más allá de lo que veo y concibo hay algo capaz de devolverme la alegría, el oculto grial perseguido, la rosa y la Torre. Otro día confiaré en que el cambio pueda traer algo bueno, en que aún haya felicidad escondida tras alguna vuelta del camino. Otro día creeré en que la luz que albergo en mi interior es capaz de redimir mis errores, de conducir mis actos bajo la voz clara de mi conciencia. Otro día trascenderé estos momentos oscuros, sabiéndolos parte de algo mayor, y soportaré con paciencia el castigo que me infligen convencido de que tras ellos llegará un nuevo amanecer. Otro día lucharé por engañarme con que aún no conozco cuál es el lugar en el que quiero estar y proseguiré la búsqueda vacía de lo que no recordaré haber encontrado y perdido.

Otro día…pero no hoy.

Hoy recuerdo y siento que el peso quiebra mi espalda. Hoy la brea negra y espesa de la amargura anega mis pulmones y me niega el aliento. Hoy no hay ante mis ojos más que sombras tras las que no aguarda nada diferente, nada mejor, ningún amanecer tras las horas de oscuridad. Hoy alguien distinto ocupa ese lugar al que tengo prohibido el regreso. Hoy hay dolor, tristeza, rabia y derrota, no fe, ni alegría, esperanza o búsqueda.

Todo eso tendrá que esperar a otro día. A otra vida, quizá.

Grey Arkhane

lunes, 11 de febrero de 2013

El sacrificio y la encrucijada


Mi boca vomita palabras que son deseos de muerte, bilis negra de la serpiente de angustia que se enrosca y anida en mi pecho. Hija del Dragón que ensombrece y asola, terror sin rostro que se lleva vida y sueño dejando sólo condena. Susurros en mi oído, temblor en mi mano, hablándome de la libertad que se esconde tras la larga caída.

La sangre del último cordero derramada, fin de toda inocencia, alimento de las raíces retorcidas del impío árbol de la siega. Cauces de oscuro rojo resbalan y gotean viscosos por el filo dentado de la traición, que brilla triunfante como un pedazo de espejo roto y sólo deja tras de sí una sonrisa en el rostro del matarife y ligereza en su corazón, la conciencia limpia de quién mira a otro lado y se lava las manos. Árbol charyou: muerte para mí, vida para su cosecha.

Al prisionero se le niega y arrebata el último rayo de sol anhelado, abandonándolo al pozo oscuro donde sólo moran las voces de su locura. El hombre vacío y despojado, drenado de todo lo que lo convertía en mí, se sienta ahora en la encrucijada a la que ya acudió en sus sueños. Conoce nuevamente los pasos que le preceden, camino inexorable bendecido por la luz del ave inmortal, último vistazo a los rostros que le conocieron, y después…

Grey Arkhane

viernes, 25 de enero de 2013

Desde el infierno


Una vez estuvo en el suelo, le rompió los dedos. Uno a uno, sin mediar palabra. Simplemente se agachó sobre su balbuceante y sanguinolenta cara, le tomó de la mano como si fuese a pedirle matrimonio y comenzó a girar con secos chasquidos cada uno de sus dedos en la dirección contraria. Sus gritos de dolor no lo detuvieron, y con el rostro inexpresivo continuó quebrándolos como si fueran ramas secas. Cuando acabó, sujetó su muñeca bajo la bota y con el otro pie redujo a astillados fragmentos lo que le quedaba de mano de tres violentos pisotones. Y a continuación hizo lo mismo con la otra. El infeliz lloraba y gimoteaba como si le hubieran arrancado la vida. Probablemente fuera así.

El agresor volvió a agacharse sobre su víctima y le dijo al oído: “Ahora sabes lo que es perder aquello que más te importa. Nunca volverás a tocar un instrumento, nunca volverás a sentir con tus manos. Y esa pérdida te carcomerá por dentro, te pudrirá el ánimo y las esperanzas hasta convertirlas en cenizas y, sin ello, todo lo demás, todo en lo que ahora confías y amas…”-miró con ojos vacíos, muertos, a la mujer que contemplaba horrorizada la escena desde el otro rincón de la sala-“…todo lo demás te abandonará porque ya no le servirás de nada. Bienvenido al infierno.”

Sin decir nada más, volvió a levantarse y se marchó del lugar.

Grey Arkhane

sábado, 12 de enero de 2013

El jardín de Albert



Dicen que Albert se volvió loco durante lo del huracán. Depende de a quién preguntes podría decirte que ya estaba mal de la cabeza antes de que el vendaval se llevase medio pueblo por delante, que siempre tuvo en los ojos ese brillo ausente de quién pasa demasiado tiempo a solas en su mente.

El huracán fue uno de los que aparecen en las noticias con nombre propio, de esos tan grandes que no caben en el periódico local y se necesitan varias televisiones nacionales y alguna extranjera para abarcar su magnitud. Sólo en la pequeña ciudad de Anport, situada cerca de la costa junto a la ría del mismo nombre y con una población de apenas 150.000 habitantes, causó un total de 71 muertos y unos 3000 heridos. Antes de disiparse, barrió tres comarcas enteras y se llevó más vidas que la última guerra que se libró en ellas.

Podría decirse que Anport quedó reducida a escombros, pero lo cierto es que siendo una ciudad de cierta antigüedad, de edificios con sólidos muros de piedra y buenos cimientos, casi todo el centro urbano aguantó de manera sorprendente. La peor parte se la llevaron los barrios nuevos, con chalets arrancados de cuajo, zonas residenciales enteras reducidas a lodazales y auténticos vertederos formados espontáneamente a partir de coches, mobiliario urbano, ramaje despedazado y algunos de los desafortunados anportinos que no lograron encontrar refugio a tiempo. Si bien, como digo, la estructura del corazón de la ciudad resistió al huracán, fue necesaria casi una semana de duro trabajo para evacuar el agua que inundaba sus calles y más de dos meses para desinfectarlas y reparar los desperfectos, algo particularmente complicado en el caso del alcantarillado y demás infraestructuras subterráneas.

Antes de que todo eso ocurriera, el ayuntamiento de Anport(uno de los vetustos edificios que resistió orgulloso al maltrato de los elementos) contaba con un jardín en su parte posterior. Era una parcela pequeña, con apenas un par de árboles que arrojaban sombra a un estanque artificial rodeado de bancos de piedra y a la efigie barbilarga y de gafas redondas de un famoso escritor local. Años atrás, el alcalde había contratado a Albert como jardinero para que adecentase aquel rincón, al que el paso del tiempo y la falta de cuidado y uso habían acabado por dejar en un estado de semiabandono.

Albert era una de esas personas de buenas maneras y pocas palabras, a veces un tanto hosco pero leal y dedicado en su trabajo. Restaurar la belleza de aquel jardín fue un reto complicado, pero cada mañana se podía ver al jardinero llevando de aquí para allá sacos de hojarasca, podando malas hierbas y ramas bajas, combatiendo cepillo en mano con el limo del estanque o sacando brillo a la deslustrada placa bajo el rostro faunesco del escritor. Poco a poco, lentamente, el jardín iba tomando un aspecto cada vez más acogedor bajo los cuidados de Albert, y el verde antes sombrío y sucio brillaba ahora luminoso en los días de sol. El nuevo jardinero se convirtió en alguien conocido y apreciado por los empleados del ayuntamiento, cuyas charlas le proporcionaban ratos de descanso en su infatigable y costosa tarea.

Y entonces llegó el huracán, y el jardincillo de Albert desapareció.

Los árboles fueron arrancados de raíz; el estanque quedó totalmente anegado y empantanado, apenas un socavón en el terreno; los bancos se convirtieron en meros cantos y escombros semienterrados en el barrizal que antes fue césped y el busto del viejo escritor desapareció, probablemente para ir a perseguir sus esperpénticas ideas por los oscuros rincones de las calles de Anport, o quién sabe si más allá.

Después de que los bomberos y el destacamento del ejército contuviesen la inundación, Albert se pasó la siguiente semana sentado en los restos de su jardín, gritando y llorando desconsoladamente a veces, silencioso y con la mirada perdida el resto del tiempo. Los que lo conocían intentaban hacerle reaccionar, le llevaban comida, trataban de que volviese a casa a dormir, pero Albert no contestaba, ni se movía, ni siquiera cuando uno de los vecinos la emprendió a puñetazos con él. Para Sam (así se llamaba), tras haber perdido a su mujer y su hija en el huracán, la actitud de Albert resultaba sencillamente intolerable.

En cierto momento Albert simplemente se esfumó en mitad de la noche y el malogrado solar quedó completamente huérfano durante un par de días.

Al cabo de ese tiempo, a primera hora de la mañana, Albert volvió con su mono, sus instrumentos de jardinería y su habitual media sonrisa, pero sus ojos… sus ojos eran distintos. Se pasó aquel día barriendo los senderos enfangados, regando el lodazal de hierba muerta y el único tocón astillado que aún permanecía enraizado, sentándose a descansar en un trozo de piedra remanente de los extintos bancos y saludando de tanto en cuando con la cabeza al pedestal vacío. Hizo lo mismo al día siguiente, y al siguiente. Dejó de conversar tan a menudo con la gente del ayuntamiento, principalmente porque estos rehuían sus nuevos y desconcertantes hábitos, pero a aquellos que le preguntaban les sonreía y tranquilizaba, diciéndoles: “Este es mi jardín y no otro. Mientras aún pueda hacer algo, debería intentarlo. Todo lo que deseo es volver a convertirlo en el lugar que fue”. Los otros miraban incrédulos al lodazal destruido que lo rodeaba, meneaban la cabeza y callaban. El propio alcalde le ofreció recolocarlo en otro puesto tras unas largas vacaciones, pero Albert rechazó la propuesta con su misma sonrisa imperturbable. “Aquí es donde quiero estar”.

Desde entonces, Albert sigue ocupándose del terreno reseco y muerto que era el jardincillo del ayuntamiento, yendo cada mañana a barrer sus rincones y regar la tierra yerma y el viejo tocón, esperando un milagro de la primavera. Hay quién lo ha visto paseando por la ribera o frecuentando sórdidos locales del casco viejo, buscando sin descanso al escritor desaparecido.

Dicen que Albert se volvió loco durante lo del huracán. Pero si le preguntas a él, te dirá que únicamente hace lo que ha hecho durante toda su vida: cuidar el jardín que le fue encomendado.

Grey Arkhane

jueves, 10 de enero de 2013

Nessun dorma



Nessun dorma! Nessun dorma!
Tu pure, o Principessa,
nella tua fredda stanza.
Guardi le stelle
che tremano d'amore
e di speranza...
Ma il mio mistero è chiuso in me,
Il nome mio nessun saprà, no, no!
Sulla tua bocca lo dirò,
quando la luce splenderà!
Ed il mio bacio scioglierà il silenzio
che ti fa mia...
(Il nome suo nessun saprà... 
E noi dovremo, ahimè, morir, morir!)
Dilegua, o notte! Tramontate, stelle!
Tramontate, stelle!...
All'alba vincerò! Vincerò! Vincerò!
¡Que nadie duerma! ¡Que nadie duerma!
Tampoco tú, oh Princesa,
en tu fría estancia.
Miras las estrellas
que tiemblan de amor
y de esperanza...
Pero mi misterio está encerrado en mí,
¡Mi nombre nadie lo sabrá, no, no!
¡Sobre tu boca lo diré,
cuando la luz del día brille!
Y mi beso romperá el silencio
que te hará mía...
(Su nombre nadie sabrá... 
¡Y nosotras, ay, deberemos, morir, morir!)
¡Disípate, oh noche! ¡Ocultaos, estrellas!
¡Ocultaos, estrellas!...
¡Al alba venceré! ¡Venceré! ¡Venceré! 

Grey Arkhane

domingo, 6 de enero de 2013

Cuando miras al café...



...el café te devuelve la mirada.
 

También disponible en versión "Ingeniero diplomado"


Grey Arkhane

sábado, 5 de enero de 2013

El espectro de su ausencia


Se alarga la mano hacia el cálido recuerdo, estirando los dedos anhelantes en busca de una forma, de un tacto, de un peso. Gime la memoria en la necesidad de la ausencia buscando el consuelo cercano de ese amor nunca entendido y mal demostrado, pero amor al fin y al cabo. Se desvela levemente la consciencia para emerger del sueño, aparentemente confiada en el refugio buscado pero recelosa de los ecos que la realidad arrastra como podridos huesos de barco en la resaca.

Los dedos atraviesan el vacío, la mano no halla morada y el corazón sobresaltado grita y se alarma, que ya no hay cobijo sino explanada, no la suavidad de su dulce cuerpo sino tan sólo el gélido vaho de un fantasma. Muerde la realidad con sus frías agujas, claro abandono, tortuosa estacada, anhelo truncado y sentimientos que ardiendo se vuelven cenizas, y como cenizas las borra el viento, dejando dolor y mancha donde hubo llama.

Grita, grita el corazón consumido de llanto y rabia, lágrimas que hollan la almohada, confianza e ilusión acuchilladas por ese helado espectro que aún conserva su cara, en la que ya no hay refugio, consuelo ni esperanza. Aferra la mano el peso inaudito de una brújula desviada, siente el pecho la cadena y la jaula, las fauces y garras, el insufrible tormento del desdén de quién hace no tanto entre los brazos acunara…

Y para esto mejor no haber sentido, amado o vivido. Que sin esperanza no hay derrota, ni sufre el infierno quien nunca supiera del cielo. Pero ya es tarde para eso y solo quedan, acompañado de mi etéreo y mudo cortejo, días amargos y noches rotas. Y el crudo y horrendo desengaño de que nunca volveré a dormir a su lado.

Grey Arkhane

viernes, 21 de diciembre de 2012

Apocalipsis maya


Sí, creo que eso lo resume bastante bien. Y para los melómanos la versión completa, que podréis poner en repeat durante las lluvias de meteoritos, coros angelicales, tsunamis y hordas de zombis a lo largo del día de hoy:


Feliz Apocalipsis a todos.



Grey Arkhane

sábado, 8 de diciembre de 2012

Monstruos de alas brillantes


El peso de la espada, muerte plateada de delicado filo y guarda, le recuerda los claroscuros de su propia misión. Las dudas surgen en el momento anterior a la batalla, ni la primera ni la última en que ha de poner en juego su vida y su alma.

Sus pies flotan entre la humedad nubosa. Un gesto de su mano calma a su hueste, ordenada en silenciosas filas tras él. Son el brazo armado del Bien Universal, su reverso violento y necesario. Amargo el sabor de tal paradoja, bilis en el paladar de quién ha jurado verter ríos de sangre para evitar que fluyan mares. Su labor a espaldas de las puertas del Cielo, sus ojos apartados por siempre de la Ciudad de Plata, permanentemente fijos en la oscuridad que amenaza con empañar su fulgor.

La armadura blanca se desliza sin ruido al compás de sus gestos, pesada sobre su forma incorpórea, tachonada de espinas y carmesí de la propia sangre entregada en sacrificio a la pureza que él y los suyos salvaguardan. Son los monstruos irredentos de Dios, bañados en sangre, cuyas miradas afrontan las tinieblas. La paradoja azota su conciencia y la hipocresía de su mera tarea siembra la duda de la verdadera nobleza de su causa, esa causa invisible a sus espaldas.

El Metatrón, que hoy se alza entre ellos, clama con su voz argéntea desde la oscura armadura y las palabras que pronuncian sus coros devuelven sus miradas al mal que hoy afrontan. Entonces el arcángel recuerda. Recuerda el peso de las luminosas alas que hunden sus ardientes haces en la carne de su espalda. Contempla la clase de monstruos que agitan sus armas y escupen blasfemias frente a él, sus rostros supurantes y grotescos, sus fauces dañinas y venenosas, siervos del Sol Negro y el Rey Carmesí, y ante tal verdad, que en instantes ha de poner su alma a prueba, recuerda la necesidad de monstruos como él y el orgullo de su sacrificio, de la sangre que blasona sus armas. Recuerda la Luz Verdadera de la Ciudad de Plata.

Al amparo de la voz del Metatrón, Azyrael alza su espada, y las luminosas alas de la Hueste Celestial avanzan implacables contra el mal.

Grey Arkhane

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Ouroboros


La sangre se lleva el calor de mi vida,
y apaga en mis ojos la esquiva sonrisa.

El hierro candente cierra la herida
detiene la hemorragia y la cauteriza.

La llama se acerca a la esquina de tus recuerdos,
empapados en lágrimas de gasolina.

La rueda gira con su rumor incansable
trayendo cambio sin variación,
constante destrucción de lo alcanzado,
ouroboros sempiterno
reptando sobre su vientre escamoso y sangriento.

Pasos que se repiten trazando espirales,
algo termina, algo comienza,
ojos que se abren a lo que no quieren ver,
horror desvelado:
el futuro tiene el mismo rostro que el pasado.

Conozco a cada palmo, maldita la gracia,
lo que ocurrirá en los próximos dos años.
Y tras ellos cada palabra, cada página,
cada capítulo restante de lo que me aguarda en la vida.

Grey Arkhane

jueves, 22 de noviembre de 2012

La voz verdadera

Place Of Memory by 植松伸夫 on Grooveshark  

Hay una voz que conoce el camino. Una voz que no teme al rumor del mundo y que con ojos despiertos a la memoria vive y recuerda. Plenitud, susurra, y la carne cansada y débil se nutre de nuevas fuerzas como si vistiese a un espíritu distinto. Y tal es, pues esa voz es la voz verdadera, aquella que habla con razón y fluye en armonía con la corriente de las emociones. La voz que encierra el poder de un nombre y el consuelo de un sentido, la voz que reside en el origen de mi ser, donde aún brilla con una luz pura.

Pero entre esa voz y yo se alzan cientos de muros, de agrietados senderos que se retuercen y cruzan hasta acabar en oscuros rincones sin salida. Como capas geológicas se agolpan y acumulan en torno a ese núcleo brillante, ocultándolo ante el mundo, opacando su fulgor, tiñéndolo de la sucia y gris ceniza que la erosión arranca de cada dura corteza. Como hilos atrapados en un gigantesco nudo se abren los pasadizos en esa concéntrica muralla: caóticos, entrelazados y erróneos, indescifrables grietas en su seno de roca cuyos salientes y recovecos deforman la voz verdadera en cientos de ecos malvados, perversas imitaciones que emergen a la superficie en constante disputa, enemigas de la razón y perturbadoras de la emoción que llenan los sombríos pasajes del laberinto con su conflicto sangriento e irresoluble.

Ocurre a veces que susurros de verdad escapan de esta prisión de muros y voces y la angustia que todo lo cubre como un manto de niebla baja se disuelve, se evapora, dejando que la voz verdadera resuene con claridad y confianza. Son momentos de paz y certeza, de vida y voluntad. Deliciosos, brillantes y escasos.

Como guardianes celosos los muros se alzan de nuevo, devolviendo la pegajosa niebla de la angustia al confuso panorama de sus resquebrajados paisajes y el molesto fragor de cientos de voces en guerra al interior de una mente demasiado pequeña para contenerlas. Olvidada la certeza de la voz verdadera, todo lo que queda es la habitual monotonía carente de esperanza. 

Grey Arkhane

domingo, 4 de noviembre de 2012

Cuento de Navidad

Humble Stance by Saga on Grooveshark

Me los encuentro al doblar la esquina, absorto en el reflejo de la luz de gas filtrándose entre la niebla que inunda las calles. En un primer momento le echo la culpa precisamente a la niebla del aspecto que muestran a mis ojos, como difuminado y descolorido, pero enseguida los reconozco y les pregunto por tan inesperado encuentro.

El Fantasma de las Navidades Pasadas ya no me habla de tragedias profundas como surcos de ríos desecados, sino de la fe en el futuro que se perdió en algún momento de mi tránsito de ida y vuelta a esta tierra. Se sienta a jugar con sueños de niño, ignorante de que es ya un anciano. Parece darle igual, y se aferra a sus juguetes esperando que estos se conviertan de nuevo en toda la realidad a su alrededor. El pobre infeliz desaparece con una sonrisa radiante y un cómic en las manos.

El Fantasma de las Navidades Presentes me agarra del hombro y con una sonrisa ebria me invita a una birra. “No bebo”, le contesto mecánicamente, él agota su monstruosa jarra y pide otra a un camarero inexistente. “Peor para ti, colega, peor para ti…”. En su mirada alcoholizada alcanzo a ver cierto brillo cruel, ese brillo que sólo se encuentra en la mirada de un perdedor que ha encontrado alguien de quién burlarse, alguien aún más lamentable que él. Sin embargo, se queda callado y serio y le da otro largo trago a su jarra, inexplicablemente llena de nuevo. “Que te den”, sentencia, “masoca de mierda”. Antes de que pueda contestarle, se esfuma en el aire dedicándome un corte de mangas.

El Fantasma de las Navidades Futuras se encoge de hombros y se lava las manos. “Yo ya no tengo sentido, ni trabajo, tío”, parece decirme, “ya no hay navidades futuras”, y lo dice como quién se ha quitado de encima un marrón, la pesada lápida de las expectativas a cumplir, la agobiante perspectiva de conocer el camino que queda por recorrer. Todo él exuda esa actitud relajada y opiácea de quién ha sobrepasado toda la presión que puede soportar y se deja descarrilar por la pendiente al abismo que hay al otro lado. Este se marcha silbando, con las manos en los bolsillos.

“¡Eh! ¡EH! ¿Y el resto? ¿Y los consejos, las advertencias, la moraleja?”, le grito al silencio nocturno, indignado. “Además, llegáis con un mes de adelanto, mamones”, añado. “Hay que joderse”, pienso, “ni siquiera los cuentos navideños me van como deberían”. Me giro y vuelvo a encaminarme a casa. Una hoja de papel arrastrada por el viento viene a estrellarse contra mi pecho. Parece uno de esos típicos panfletos de predicadores y chamanes callejeros.

***21-12-2012, FIN DEL MUNDO SEGÚN LOS MAYAS ¿ESTÁS PREPARADO?***

“Hijos de puta…”

Grey Arkhane

miércoles, 24 de octubre de 2012

Inacción deliberada

Sinner by Neil Finn on Grooveshark 

Hoy el insomnio vuelve a visitarme, y con él el conocido cosquilleo que comparten mis dedos y el fondo de mi consciencia, ese cosquilleo que siempre se traduce en palabras vertidas sobre el papel (o la pantalla). Será que mi musa trasnocha, y con la mala leche que la caracteriza viene a incordiarme para que no la deje sola a estas horas de la noche, con tantas cosas en la cabeza y nadie con quién compartirlas.

Sea como sea vuelvo a gastar tinta dándole vueltas a las mismas ideas de siempre, a esas que me conducen a eternos e inacabables soliloquios: La falta de propósito personal y global, el carácter incompleto y frustrante común a todas mis relaciones personales y el papel de mis huecos y rarezas en ello, el irresoluble conflicto entre mi necesidad de fe bajo crisis constante y mi cinismo nihilistoide, el miedo al futuro y la añoranza de un pasado más sencillo. Vueltas y vueltas en esta espiral sin final aparente, intrascendente y terrible.

Ese propósito se ha grabado a fuego en mi mente, la autoimpuesta tarea en este exilio de nieblas de la resolución de esa espiral inacabable. Resolución que, me doy cuenta, llevo posponiendo largos años. Hasta aquí me han llevado los engranajes del tiempo, la pesada inercia de una vida encauzada que poco o nada me aportó salvo una creciente angustia que una y otra vez me arrastraba con la fuerza de la resaca a las profundidades innavegables de las emociones más dañinas que alberga el corazón humano.

Esta deliberada inacción frente a los engranajes de la costumbre es la reivindicación de mi soberanía existencial. Se trata de una elección egoísta y aristócrata que tomo porque puedo permitírmelo, por el simple hecho de que esos engranajes no contienen la promesa de la guadaña en su detención. Puede echársele la culpa a lo cómodo de mis circunstancias que considere que vivir una vida sin propósito es más deshonroso que no vivir y que esta noción guíe mis actos, pero resulta hipócrita evaluar esta cuestión bajo cualquier otra circunstancia: quizá entonces el propósito estaría claro y la duda no existiría. O si, y me sorprendería tomando la misma decisión bajo mareas menos amigables. Aventurar no tiene sentido, enfrentarse a lo presente (a mis circunstancias, mis huecos y mis miedos, mis perspectivas y emociones actuales) si.

Como un derviche sumido en su trance giratorio pretendiendo alcanzar a dios, como una peonza anclada en un punto fijo, dejo que el equilibrio dinámico pero caduco de esta espiral me guíe hasta su conclusión, hasta su resolución trascendente, antes de dar el siguiente (¿o primer?) paso de mi vida.

Grey Arkhane

sábado, 20 de octubre de 2012

Antes del invierno

Night Before Battle by Saint Seiya on Grooveshark

El aire en Oviedo antes del invierno huele a promesas y melancolía. Al detallado sueño de un niño que nunca llegó a crecer, atrapado en el cálido reflejo de las farolas sobre los viejos muros de la ciudad, a la inocencia sacrificada en el altar de la mera supervivencia.

Cuando se acerca el invierno y cae la noche, el aire en Oviedo se vuelve grave como el bramido del órgano que sostiene sobre sus hombros la alambicada trama de voces que tejen el salmo, y huele a la improbable mezcla del afilado eco de los lobos que aún acechan en la oscuridad y del pesado calor de las brasas que apenas nos defienden de ellos.

Es posible pasear por sus calles y embriagarse de ese viento frío que traspasa todo abrigo pretendido, émulo de hogar o refugio, ese recordatorio de lo que aguarda más allá de nuestros muros y nuestras fantasías esperando a que se agrieten y caigan. Y unido a él en eterna lucha, el calor de la desesperada oposición a ese destino inevitable del hombre, escondido tras la soberbia y la desesperación que encierran las armas de Prometeo. Siempre opuestos y armónicos, danzando en el eterno conflicto que alimenta el Universo.

Quizá persiguiendo la fuente de ese aliento glacial y esquivo, de ese susurro de húmeda hojarasca que niega la empresa humana colándose entre sus improbables torres, se pudiera perseguir por las empedradas calles al espectro huidizo de aquel niño olvidado hasta alcanzarlo en el seno del vendaval cuya naturaleza se empeñó en observar traspasando la protectora muralla de la razón. Y entonces regresar al mundo atesorando el verdadero nombre del Caos o perderse, para siempre, junto a aquel que nunca debí dejar de ser.

Grey Arkhane

domingo, 7 de octubre de 2012

Por qué odio los domingos


Abro los ojos incapaz de permanecer dormido y me recibe el mismo vacío del domingo de ayer. Mi cuerpo lidia con la repentina fatiga de otra noche de sueño sin descanso, la resaca de incontables horrores padecidos bajo la fría máscara de la inconsciencia. Los incómodos relieves del duro colchón presionan mis costillas, sirviendo a los invisibles fantasmas nocturnos que ya huyen de mi memoria. Me levanto y comienzo la primera oración del ritual.

El abrigo del agua despierta los nervios entumecidos y mis pensamientos se abren como pétalos de una flor al vacío que los rodea. Zarcillos de ideas se extienden a través de las gotas que humedecen mi piel, buscando a través del cálido vaho un propósito que me permita escapar al horror del domingo de hoy. El contacto con la tela y la luz del sol los cercena, y antes de que mi mente sucumba recito la segunda oración.

El intenso sabor de las entrañas de un animal muerto se apoya en mi lengua, extendiendo la placentera sensación de sus matices especiados por todo mi paladar, inundándome con su potente aroma de bocado exquisito. Lo disfruto a cada pequeño pedazo que desaparece entre mis dientes, y cuando acaba, expuesto a las largas horas de la tarde, me pregunto qué sentido tiene alimentar este sinsentido. De repente olvido la tercera oración y caigo al vacío.



Despierto algo más tarde, y el proceso de desembarazarme de mi mismo me lleva un largo rato. Como un insecto escapando del capullo que lo protege, corto las ataduras de ese sueño artificial en el que mi mente se sumerge ante el horror del vacío. Me obligo a abrir los ojos, estiro mis extremidades encogidas en torno a mi cuerpo, rechazo la calidez del lecho, la tentación de la dulce inconsciencia, y recuerdo la tercera oración. Me aferro a ella mientras mis pensamientos emergen de nuevo para dominar mis actos y cuando todo se ha estabilizado la entono.

El tiempo se desliza perezosamente a lo largo de la tarde, fluyendo con la lentitud propia de esa pesada viscosidad que el tiempo adquiere en domingo. Mi mente procura olvidarlo, entregada a resolver la entropía de objetos y papeles, de lugares e ideas. Leyendas pasadas se despliegan ante mis ojos, talismanes ocultos se atesoran bajo mis dedos, historia viva se alza a mi alrededor apresada en los pequeños recipientes de su materialidad. Mi mente permanece absorta en ello, pero nada alcanza mi corazón. Olvido el vacío hasta la cuarta oración.

Pequeñas criaturas se agolpan de nuevo en mi boca en un eco salado de la segunda oración. Se acerca el final del día y la ausencia de sentido parece ya menos monstruosa. A esas horas el vacío tiene ya cierto sentido, y la necesidad de inconsciencia una causa justificada. Finalizo la cuarta oración y dejo ir los últimos momentos de este domingo.

Mis pensamientos vagan ahora, condenada enredadera de brotes secos e insondables profundidades, de temblorosos pseudópodos que tantean en busca del sentido perdido que me haga llegar al nuevo día y angustiadas raíces incapaces de asirse a este suelo, a la vez demasiado duro y etéreo. No llegan a ninguna conclusión, no hay conclusión posible. Me abandono a la ansiada inconsciencia, preparándome para el ritual del domingo que vendrá mañana.

Grey Arkhane

martes, 2 de octubre de 2012

El pistolero y la Torre


Seize the Day by Demons & Wizards on Grooveshark 

Comienza a alejarse, se detiene y se vuelve para mirar otra vez a Roland.

Su rostro está sombrío, aunque parte de la enfermiza palidez ha desaparecido. Las sacudidas ya no son más que temblores ocasionales.

-A veces realmente no me comprendes, ¿verdad?

-No -susurra el pistolero-. A veces no te comprendo.

-Entonces voy a explicártelo. Hay personas que necesitan personas que las necesiten. La razón por la que no me comprendes es que tú no eres de esos. Tú me usarías y luego me tirarías a la basura como una bolsa de papel si fuera necesario. Dios se ha cagado en tu alma, amigo mío. Solo que tú eres suficientemente inteligente como para que eso te duela y suficientemente duro para seguir adelante y hacerlo de todas maneras. No serías capaz de evitarlo. Si yo estuviera tendido en la playa y pidiera ayuda a gritos, tú me pasarías por encima si yo estuviera entre tú y tu condenada Torre. ¿No estoy bastante cerca de la verdad?

Roland no dice nada, sólo observa a Eddie.

-Pero no todo el mundo es así. Hay personas que necesitan personas que las necesiten. Como la canción de Barbra Streisand. Trillado, pero cierto. No es más que otra forma de estar enganchado a algo.

Eddie lo mira fijamente.

-Pero cuando se trata de eso, tú estás limpio, ¿no es cierto?

Roland lo observa.

-Salvo por tu Torre -Eddie lanza una risita corta-. Eres un yonqui, Roland. Un drogadicto de la Torre.

-¿En qué guerra fue? -susurra Roland.

-¿Qué cosa?

-La guerra en la que te volaron de un tiro el sentido de la nobleza y los propósitos.

Eddie retrocedió como si Roland le hubiera pegado una bofetada.

-La Torre Oscura, vol.II: La Llegada de los Tres (Stephen King)

jueves, 20 de septiembre de 2012

Metodología del orden

Sign of the Bene Gesserit by Brian Tyler on Grooveshark 

"Arrakis enseña la actitud del cuchillo... cortar lo que es incompleto y decir: "Ahora ya está completo porque acaba aquí"" - Dune, Frank Herbert.

El orden es un proceso costoso. Acometer el caos que durante años ha campado libre por los rincones de lo visible, catalogarlo, compartimentarlo y estructurarlo se convierte en una labor minuciosa y lenta, muy lenta.

El orden es el hijo de la lógica y sólo puede imponerse mediante un método aséptico y quirúrgico, como el de un cirujano al extirpar un tumor o el ritual necesario para comer pescado. Como en estos procesos, no es solo lo sistemático del proceso lo que garantiza el éxito sino también esa peculiar filosofía arrakena en torno a los extremos afilados, el separar lo útil de lo obsoleto, lo sano de lo enfermo. Convertir lo incompleto en completo al eliminar lo sobrante, aquello que lo lastra y pervierte.

En ese ejercicio se quedan atrás bolígrafos que ya no escriben, instrumentos que ya no uso y documentos que ya no necesitaré volver a leer, pero también bocetos que nunca acabaré, ideas que jamás desarrollaré o recuerdos que ya no tienen significado para mi. Esa parte de mi pasado sacrificada al todopoderoso Tiempo y que tan sólo era ya un jirón alimentando el caos.

En esa pretensión de completitud uno se plantea dónde reside el extremo, por qué ha de cercenarse aquí y no allí, eliminar esto y no aquello. Son las propias matemáticas del orden las que determinan la solución, tomando las riendas antes de que la mente o el corazón se planteen que, en realidad, todo es transitorio, todo es prescindible, y que con el cuchillo en la mano un cirujano bien puede transformarse en asesino sin apartarse de la misma línea de pensamiento. Benditas ecuaciones autorresolubles.

Y así transcurren los días, con la frontera entre los reinos del Orden y el Caos reconfigurándose lenta e inexorablemente bajo la implacable máquina de guerra del primero, mientras la mano que sostiene el cuchillo realiza su labor sin una sombra de duda y la mente tras ella se cuestiona si la matemática será tan precisa en el momento en que la punta deje de apuntar hacia fuera y deba dirigirse hacia dentro.

Grey Arkhane

domingo, 16 de septiembre de 2012

Cada simple frase

Closer by Kings of Leon on Grooveshark

Abre los ojos a la niebla que ahora es tu vida. Desembarázate de los sueños que se agolpan en las lindes de la inconsciencia para azotar tu conciencia hasta el último resquicio de tiempo, asume el dolor de tu cuerpo como su estado natural y levántate a saludar al nuevo día que siempre madruga más que tú.

Sumérgete en el agua hirviendo de tus tribulaciones, inhala el vapor ardiente y sueña con ahogar tus pensamientos en él, suave muerte que arruga tus dedos, pero escapa en el último instante, de vuelta a los fantasmas de tu presente que no son sino aquellos otros tú que han logrado ser felices. Olvídalos. Olvida.

Que tus manos sean las artífices del cambio. Desplaza la madera y el conocimiento, mueve bosques de tinta y efigies de héroes y dioses cuyos nombres ya no recuerdas. Siente su peso sobre tus hombros, el tirante entramado de nervios que esconden tus brazos tensándose al aceptar su carga, el sudor resbalando por tu rostro y la base de tu espalda, llevándose consigo los demonios que aguardan bajo tu piel. Conviértete en el trabajo, en la acción pura, olvida que eres persona, olvida que eres hombre, olvida tu rostro y tu nombre y sé la fuerza del cambio que mantendrá todo exactamente como estaba. Exorcízate, oh, espíritu impuro, sana en la niebla de tu nueva existencia y olvida. Olvida.

Sigue el curso del sol destruyendo los extremos incompletos de tu historia ya cerrada, elimina los esbozos de proyectos inacabados, los bosquejos de diseños irrealizados, los bocetos de futuros nunca alcanzados. Selecciona, rompe y rasga. Impón de nuevo el orden a lo que te rodea, convierte tu historia cerrada en el pulcro reflejo tamizado que abomine del caos en que te convertiste, hasta que tú mismo acabes por creer en ello. Reniega de la incertidumbre y la apatía que marcaron ese pasado que ya no existirá nunca más. Olvídalas. Olvida.

Asiste a la muerte del sol y da gracias a los dioses de esta vieja tierra. Un día más, un paso más en la niebla que ha de sanar tu espíritu.

Entonces lee sus palabras llamándote entre un público invisible y silencioso, siente esa opresión en tu pecho que cada simple frase despierta, evocando el candente dibujo de las marcas sobre tu piel, arrastrándote de vuelta a cada uno de los rincones que perdiste. Escucha su voz susurrando tu nombre, convocando a las armas a cada uno de los recuerdos que juraste olvidar. Recuerda.

Recuerda. Y abre de nuevo todas tus heridas.

Grey Arkhane

Tras el último umbral

Death by AoE on Grooveshark 

Con el sordo retumbar del cuero viejo al aprisionar las últimas páginas del libro que ahora cierro, despierto de un sueño de diez años.

A mi alrededor sólo queda la niebla gris y vaporosa que habita cada rincón de esta ciudad, antigua, onírica y atada a mi espíritu con el peso de trece generaciones de reyes tallados en piedra. Niebla que se respira, húmeda y fría, sanadora del alma quebrantada en el largo sueño.

El mundo se ha movido desde la última vez que habité este lugar. Despierto a un hogar que me encuentra cambiado, marcado mi rostro de arrugas, trazado mi pelo de plata, surcado mi corazón de grietas, reseco y curtido por la larga batalla en cuyo sentido nunca llegué a creer. Y tras el sueño queda la certeza del dolor sufrido, de la integridad perdida y la inocencia sacrificada a cambio de una apenas hipotética sabiduría. Qué precio tan alto para una victoria tan incierta.

Suspiro ante este despertar que me convierte en un extraño en mi propia tierra, en alguien tan distinto y no mejor que quién cerró los ojos hace una década para vivir el sueño de Ícaro. Demasiado cerca del sol, víctima de mi orgullo, el último umbral atravesado de vuelta a la vigilia devuelve los restos de un hombre quebrado por el peso de su propia convicción, el interior repleto de sombras y ruinas, de historias medio olvidadas y lecciones desaprendidas.

Y ahora, libre del sueño, doy los primeros pasos solitarios de este tránsito en la niebla cuyo vaporoso tacto me devuelve los susurros de los viejos dioses y la promesa de una ansiada curación, pero tras cuyo manto espectral alcanzo a advertir el implacable juicio de los ojos verdes del Destino.

Grey Arkhane